¿No te acuerdas, mi bien, cuando juntos los dos fuimos a recorrer los caminos del mar?
Viene el atardecer de encendido color. Me juraste el amor y me diste el placer.
Dulces gaviotas con su triste canto rompían el encanto de las olas al chocar, y entre las velas que la brisa henchía se detuvo el día para que tú me amaras más.
El viaje llegó de pronto a su fin y aquello nos despertó y dijiste al partir con hondo temblor: “Olvídame y dime adiós.”